No es casual que Marco Antonio Solís se arregle continuamente la barba y salvaguarde el corte de su pelo. Y es que el cantante mexicano no forja nada al azar. Está conciente que su figura mesiánica capta la atención del público popular en Latinoamérica y le saca provecho a eso. Así y solo así, podríamos explicar el fenómeno masivo que se produce en cada gira que el artista realiza. Una masa completamente irracional que se aglutina horas y horas para ver a su ídolo y que es capaz de hacer todo lo que esté al alcance de sus sudorosas manos para lograr dicho objetivo. Un verdadero rebaño luchando para llegar a su pastor.
Sabemos que un alto porcentaje de la religión católica está concentrada en Sudamérica. Sin ir más lejos, Brasil es el país más católico del mundo; en Chile gran parte de la población es cristiana. Entonces ¿Qué pasa cuando una persona con el look de Jesús comienza a repartir bendiciones y cantar canciones románticas? La respuesta está sutilmente esbozada en el primer párrafo.
Me ha sorprendido la euforia del público chileno cuando Solís viene a hacer su ‘show’. Se que en otros países ocurre lo mismo. Que yo recuerde, no es habitual que un cantante de música ‘cebolla’ congregue un Estadio Nacional completo. Pero lo que más llama la atención no es que el mexicano tenga seguidores, sino la pasión desenfrenada de estos que a la larga se transforma en una verdadera locura de masas. Si las noticias que corresponden a los días de su recital a lo que menos aluden es a la calidad vocal del cantante o al espléndido espectáculo que brindó. Los medios se refieren a los desmanes provocados por las fans en vísperas al recital; cómo las mujeres se abalanzan sobre las rejas de protección para obtener una mejor visión; o sobre las personas que se desmayan antes de haber empezado el concierto.
Lo más parecido a lo antes dicho, son estos especie de rituales evangélicos, donde el pastor invoca a Dios para que cure las enfermedades o dolores de sus feligreses. Luego, al ser curada supuestamente la persona comienzan a cantar y a llorar todos juntos. Parece más una secta que algo religioso. Algo similar ocurre con Marco Antonio Solís. Se viste de blanco, le reza a cuanto santo encuentra y luego gana una suma considerable de dinero por los discos vendidos. Un buen estratega a mi gusto; para otros, un ídolo artístico.
miércoles, 2 de mayo de 2007
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